domingo, 29 de marzo de 2009

* 109.- NOS LLEVAN AL MATADERO Y VAMOS APLAUDIENDO

Hay multitud de evidencias y dudas que apuntan a que eso que llamamos “vida moderna” es nocivo para la salud.

Desde Premios Nobel de Química que nos avisan de lo peligrosos que son los residuos de los materiales con los que se embotella el agua, hasta la más que dudosa influencia negativa de las ondas en nuestras vidas, pasando por la inseguridad que despiertan los productos transgénicos o el simple aluminio que se añade a los desodorantes.

Se cambian legislaciones para que nos puedan vender esos productos modificados, nos puedan pasar por el banco recibos sin previa autorización nuestra y con un plazo de 15 días en los que o revisamos nuestra cuenta y nos molestamos en reclamar o asumimos su cobro indebido si es que nos enteramos.

Se permiten publicidades engañosas, por no decir directamente mentirosas, para vendernos todo tipo de productos y que creamos contratar un producto, cuando en realidad estamos contratando otro.

Se emplean todo tipo de trucos en las etiquetas para disfrazar productos perjudiciales para salud pero que aportan más beneficios al ser más baratos y poder ser vendidos al mismo precio. Los aceites saturados y los llamados trans, se camuflan con expresiones como “parcialmente hidrogenados”, que hasta nos puede sonar bien ¡Quién va a pensar que el hidrógeno es algo malo!

Nos crean falsos deseos que nos meten en una dinámica consumista, nos generan frustraciones que prometen solucionarlas con la adquisición de nuevos productos.

Nos envuelven en una cadena invisible de estrés, frustración, creación de falsas expectativas, consumo y nuevamente frustración que empeora nuestra salud física y atenta gravemente contra la salud mental al generar infelicidad en medio de un estrés generalizado y constante, que percibimos de baja intensidad.

Nos dejamos llevar por esta vorágine desenfrenada, en plena aglomeración confusa de sucesos, en la que postergamos lo trascendental, en aras de una irreal necesidad de supervivencia diaria.

El estrés no envuelve en su capa invisible que nos atonta y hace que no nos paremos a pensar, que dejemos siempre para mañana lo verdaderamente importante, que sólo aspiremos a tener momentos de aparente relax en los que desconectemos la unidad central combinados con carreras, prisas y consumo, encarcelándonos en una dinámica irremediable.

Y asistimos impasibles a todo ello, incapaces de reaccionar y cuestionarnos algo, asumiéndolo en el mejor de los casos como irremediable, como si no pudiéramos hacer otra cosa.

Y sí que podemos.

Podemos parar el mundo, nuestro mundo.

Una poema de Bertolt Brecht, convertido en canción de los primeros momentos de la transición española (General, tu tanque es más fuerte que un coche) nos decía que el hombre es muy útil, puede volar y puede matar (habría que actualizarlo con “puede consumir” y cambiar al general por la más sutil propaganda), pero tiene un defecto, puede pensar.

Y separar la paja del trigo, para así, poder ver lo realmente importante y reaccionar ante las falsas expectativas que tratan de imponernos, subliminalmente, la peor de las existencias a la vez que nos prometen el dorado.

Incluso con algo tan sencillo como utilizar las propias normas del mercado, podríamos cambiar muchas cosas. Simplemente no comprando algo que sabemos nocivo, dejarían de producirlo.

Y de ahí a la eternidad, son muchas las cosas sencillas que podríamos hacer si nos librásemos de ese yugo lacerante.

Pero, a corto plazo, es más rentable tener un momento en que, cansados, desconectemos esa unidad central, y dejarnos llevar por la riada que nos invita a la mayor de las insatisfacciones.

En nuestras manos, en nuestra mente, en parar el mundo, nuestro mundo, están las posibles soluciones o caminos a emprender para poder descifrar este enigma embaucador.

Acabo con este poema de Goytisolo.

La mejor escuela

Desconfía de aquellos que te enseñan
listas de nombres
fórmulas
y fechas
y que siempre repiten modelos de cultura
que son la triste herencia que aborreces.

No aprendas sólo cosas
piensa en ellas
y construye a tu antojo situaciones e imágenes
que rompan la barrera que aseguran existe
entre la realidad y la utopía:

vive en un mundo cóncavo y vacío
juzga cómo sería una selva quemada
detén el oleaje en las rompientes
tiñe de rojo el mar
sigue a unas paralelas hasta que te devuelvan
al punto de partida
coloca el horizonte en vertical
haz aullar a un desierto
familiarízate con la locura.
Después sal a la calle y observa:
es la mejor escuela de tu vida.

Cuento asociado:

Las Piedras grandes