sábado, 7 de marzo de 2009

* 97.- EL DÍA EN QUE TODO COMENZÓ

Ahora, cuando echo mi vista hacia atrás, pienso que si no me hubiesen sucedido estas cosas, probablemente no hubiera estado preparado para todo lo que vino después.

Quizás por ello, me identifiqué tanto con las tres historias que narraba Steve Jobs (las reproduzco de nuevo más abajo).

La primera hablaba de “conectar los puntos”.

Al unir los puntos de las cosas que me han ido pasando a lo largo de la vida, es como comprendo lo que me ha permitido superar las sucesivas vicisitudes que he tenido que ir viviendo y la manera en la que lo he hecho.

Si no hubiera tenido el susto de creer que tenía un carcinoma en el cuello y dos adenopatías, probablemente no hubiera crecido lo suficiente como para sobrellevar lo que vino a después.

Recuerdo aquel día como si fuera hoy. Me encontraba paseando en Santa Cruz, haciendo tiempo para ir a hacerme una prueba.

Llevaba unos meses desorientado mientras portaba un bulto en el cuello que no desaparecía. Lo primero que me habían dicho es que un bulto en el cuello había que hacerlo desaparecer de inmediato.

Lego en la materia, no paraba de ir de un lugar para otro en busca de remedio y más perdido que un europeo solo en medio de la Medina de Fez. El tiempo pasaba inexorable y la presión psicológica no cesaba de aumentar.

Decía que paseaba ese día por Santa Cruz cuando me tropecé con una buena amiga que me invitó a pasar por su casa cuando terminase.

Al acabar fui a su casa en espera de los resultados que me darían dos horas más tarde. No comentamos nada al respecto, pero, cuando me vio partir, mi rostro le decía lo que no hicieron las palabras.

Cuando recogí los resultados, abrí rápidamente el sobre. En él se comentaba que había fundadas sospechas de la existencia de un carcinoma. Rápidamente y sin cita me presenté en la consulta del cirujano maxilofacial. Éste dio bastante credibilidad al informe y al visionado de las imágenes y me dijo que debía operarme de inmediato.

Sí el tiempo había corrido raudo hasta ese instante, a partir de ahí fue a una velocidad de vértigo.

Aún recuerdo lo que sentí esa noche, lo que sentimos esa noche en la que nos fundimos en un abrazo, en la que de una forma trágica supe cuanto era querido. Las lágrimas fluían sin saber cuál era el río principal y cuál el afluente.

Tengo aún presente lo que pasó por mi mente en escasos instantes. Y es ahí donde entra en juego la tercera historia de Steve Jobs en la que también me veía totalmente reflejado. Esta historia versaba sobre la muerte y sobre la vida. Como decía en ella, a veces la vida te da con un ladrillo en la cabeza. En un corto espacio de tiempo todo mi pasado circuló ante la pantalla de mi mente a la velocidad de la luz. Asumí la posibilidad de morirme y la acepté como una realidad inmediata. Decidí luchar sin tregua por mí y por los míos. Crecí (que no envejecí) al menos veinte años de golpe.

Pero hubo una imagen en la que me detuve y que rajó de arriba abajo mis entrañas. No fue otra que la de mi hija pequeña de escasos años. Sentía que en mi otro hijo había sembrado ya semillas importantes que le harían seguir adelante, pero sabía que en ella no había tenido tiempo de hacerlo.

Este sentimiento me atravesaba sin solución. Era como decía Jobs, tener que contar a tus hijos en poco tiempo, algo para lo que hubieras necesitado al menos diez años.

En ese momento creo que nació este blog como una manera de dejarles a mis hijos y a mi mujer algo mio y algunas herramientas para poder seguir adelante. Iluso yo.

Ahora creo firmemente, que sin esta experiencia me hubiese sido mucho más complicado sobrellevar y ayudar a llevar lo que ocurrió después y lo que sucede ahora mismo.

Es ahora cuando uno los puntos de lo que me ha ido pasando en mi vida.

Y es aquí donde entra en juego la segunda historia de Steve Jobs que trata sobre el amor y la pérdida. Lo que yo amé y lo que perdí es algo superior a lo que él cuenta. Aunque habla de lo mismo, del amor a la vida y a las cosas que haces.

Como decía, sin las experiencias previas, no hubiera sido capaz, al menos de la misma manera, de llevar la situación, y de poner todo mi amor y mi empeño en luchar por la persona que quieres.

No lo viví con angustia, a excepción de algunos momentos extremadamente duros, porque ella, probablemente habiendo aprendido también, y haciendo gala de su naturaleza asombrosa, se crecía ante las dificultades, derrochaba ánimos y ganas de vivir que contagiaba a todos los que convivían con ella.

Mi fortaleza ya era grande, bien cimentada en al amor y la experiencia vital, pero apuntalada por su entereza. Era imposible flaquear y sucumbir sin posibilidad de levantarme. Fue una verdadera maestra de la vida y me enseñó a reincorporarme ante situaciones imposibles de imaginar o contar. Sólo se pueden vivir.

Sus enseñanzas, su permanente actitud vital, mis experiencias, el haber dado todo lo humanamente posible, es lo que explica mi situación actual.

La echo de menos a cada momento, pero no lo vivo con tristeza. Ella no lo entendería, no me dejaría, no me deja, yo no me lo permito. Mi mayor homenaje es vivir con alegría, hacer que ella continúe viviendo en mí y en todas las personas que la apreciaban.

Me centro en lo que me aportó y me sigue dando. Aunque desearía otra cosa, viéndolo así, me siento afortunado.

Esta sucesión de puntos y la tranquilidad de conciencia por haberlo dado casi todo, es lo que me hace continuar ligero de equipaje y valorando lo realmente importante. He crecido interiormente otros veinte años.

Sigo angustiándome por cosas, pero sé que tengo la capacidad de replanteármelas y reajustarlas a su medida.

Hice nuevas amistades, profundicé en otras, descubrí personas excepcionales a las que nunca podré agradecer lo suficiente. Ella si tuvo tiempo. Su vida fue gratitud.


Ya llevaba algunos días pensando escribir esta entrada, cuando de nuevo parece unirse un nuevo punto incomprensible. Algo parecía empujarme a hacerlo sin saberlo aún: ayer me entero que la mujer de un buen amigo y compañero durante muchos años pasa por momentos no muy buenos. Sólo puedo, como hice, recordarle lo que ya sabe, mi presencia, mis experiencias, mi apoyo y ayuda en lo posible. El resto, para bien y para mal, lo debemos poner inevitablemente cada uno. Sólo el amor puede salvarnos. A mí me salvó y creo que a ella también, aunque en otro sentido.

Amigo, aquí estoy.

Hasta el lunes.