sábado, 9 de mayo de 2009

* 133.- ELIXIR DE MOJONES

Desde hace años me gusta deambular por las estanterías de las librerías como quién va de excursión por la naturaleza. He contagiado este sencillo placer a mis hijos con el consiguiente quebranto para mi economía. Les encanta acompañarme como no les sucede con otros lugares.
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Y como toda salida a la naturaleza, las hay más organizadas y las hay más aventureras.

Entre las primeras se encuentran las que son el resultado de una búsqueda por la red o de un comentario oportuno que nos ha llegado.

Pero hoy quiero hablar de las otras, de las aventureras.

Como decía, me gusta perderme entre las vitrinas repletas de una librería en espera de ser sorprendido por una visita, por un paisaje especial que llegue a nosotros sin pretender encontrarlo, sin salir en mapa, plano o guía alguna que manejemos. No es que sean descubiertos por mí cual furibundo aventurero, son ellos los que llaman y piden permiso para entrar.

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Y esto me sucede hasta en diminutas y recónditas librerías de pueblos perdidos en un mapa. Algunos de los mejores han llegado a mis manos en esas circunstancias y te preguntas como ha hecho para llegar hasta allí en aparente desubicación.

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Y así fue como este penúltimo libro me pidió permiso para entrar. La verdad es que no fue un amor a primera vista. Me mostré reacio a recibirlo, a adentrarme entre sus recovecos, a pasear por sus veredas y perderme en ellas.

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Desde hace años sigo senderos de libros que transitan por el camino de las sensaciones y trato de leer en ellos la vida que nos rodea sin pretender obtener todos los mojones, sino los míos propios que me permitan perderme en nuevos parajes y descubrir otros por los que ya andaba sin levantar la cabeza y detenerme a contemplarlos.

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Por ello, y cansado de manuales como churros que aprovechan la ocasión, me hice rogar por este tesoro ignorado que tocaba a mi puerta.

Lo cogí, más por cortesía que por verdadera intención. Lo devolví al camino sin apenas malleer su tarjeta de presentación.

Merodeé por otros vericuetos, hasta que, perdido entre los círculos que trazaba sin encontrar salida, volvió a llamar mi atención.

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Otro más no, encima con brújulas. He usado alguna buena en ocasiones, pero me parecía más de lo mismo y dudaba de sus cualidades para reorientarme en el reencuentro del camino y abandonar las vueltas que daba una y otra vez regresando al mismo punto.

Pero esta vez no me topaba con un manual cualquiera al uso, lo hacía con uno bastante tozudo, que no se resignaba a dejar de ser manejado. Y eso fue lo que me hizo prestarle atención real por primera vez.

Leí el nombre de su autora. Algo me resultó conocido, pero no tenía idea de su existencia más allá de mis manos y de un programa de televisión que me sugería una posible procedencia.

Parece que sí, que tenía alguna relación con ese programa intruso "en nuestra cajita tonta".

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Entonces te visita el injusto tópico, segundas partes nunca fueron buenas.

Sinceramente no recuerdo la razón por la que acabó entre mis manos, acompañándome calle arriba. Pero no íbamos de la mano. Incluso lo dejé en un apeadero durante días, mientras me sumergía en otras aguas.

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Le llegó su turno, seguro de los frutos que su tozudez le había proporcionado.

Cuando visitaba otra de las "cajitas tontas" en la que los hombres solemos pasar horas enteras ante la incomprensión femenina, no encontré otra cosa que llevarme para pasar el rato sin hacer nada.

Y en ese momento fue cuando desplegó ante mí sus hojas y ya me cautivó hasta la mitad de su recorrido.

Lo volví a soltar, pero ya pude entrever que no era un libro cualquiera, era uno muy persistente y osado. Cautivaba por su lenguaje en plena ebullición, sin ademanes de grandeza, con la sencillez con la que un buen comunicador se muestra valientemente ante los demás, sin miedo a mostrar sus entrañas y seguro de sus contenidos más allá de la miseria moral y miedosa de alguno de sus visitantes.

Bueno, algo de miedo sí mostraba, pero el miedo necesario para vivir y también con alguno innecesario pero consustancial con el ser humano.

Lo cierto es que lo retomé, justo antes de que por casualidad alguien me indicase que su autora iba a venir a contarnos la segunda parte. Nuevamente se rompía el tópico. Las partes serán buenas o no, pero no dependen del lugar ordinal que ocupen.

Esta vez sí que ya no lo pude soltar. Fue en ese instante cuando fui consciente de la razón de tanta insistencia. El libro no iba a concluir allí. Todavía tenía extensiones que no me había, si quiera, planteado.

Y comencé a imaginármelas, a esperármelas. Sabía ya que no me iba a defraudar.

Pero no fue así.

La visita concordaba con la intuición, pero ésta apenas sugería la cabecera de la senda.

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La segunda parte fue inesperadamente mejor, no por no haberla esperado, sino por mostrarnos el libro abierto de par en par, abriéndonos todas sus ventanas de tal manera, que ni sus anécdotas, repetidas en aparente desorden, conferencia tras conferencia, perdían su frescor.

Lejos de ello, no sonaban a naturales, eran naturales. Y ese fue su elixir, con el que la verdadera prestidigitadora, ilusionó a los asistentes que únicamente lo hacían en mayoría por los ecos de la primigenia parte.

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Todos nos vimos sorprendidos por los lugares que el libro abierto nos hizo recorrer, transitar, musitar, para que en un torbellino de emociones, fuésemos capaces de vislumbrar, que nuevas ventanas se podían abrir ante nosotros.

Y esa es la magia, la auténtica magia, la que va del camino al papel y del papel al camino con visos de continuidad y sorprendiéndonos con la más sencilla de las emociones.

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El libro: "Brújula para navegantes emocionales"

La autora:Elsa Punset

La conferencia: "El valor de las emociones en la educación"

*Nota: dudaba con el orden del título, quizás contagiado por la conferenciante, entre mojones de elixir o elixir de mojones. Consultándolo con mi crítico habitual, mi hijo, elegí el segundo.

Elsa Punset entre estanterías de libros

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Tomaré nota de este libro, pues como bien sabes me encanta leer, y la verdad, que los que me recomendastes o dejastes en su día fueron muy buenos.
Me alegro muchísimo que tus hijos sigan tu camino en cuanto a la lectura. Saludos amlp

Jesús Hernández dijo...

Gracias amlp por estar siempre ahí.
Un abrazo