miércoles, 19 de marzo de 2008

GUACHINCHE EL PALOMAR: LA VERDADERA UNIVERSIDAD DE LA VIDA.

Guachinche: “El Palomar”

Abierto: de lunes a viernes de 10:45 a 11:15

Regenta: Don Oscar (Occa, Occa, no el otro Occa)

Un día, sin previo aviso y prácticamente por decreto, supimos que el tradicional guachinche iba a ser clausurado y trasladado de lugar.

Unos meses después abría sus puertas en el Palomar, lugar del que cogió su nueva denominación.

Tras unos primeros años de normal actividad, comenzó a decaer debido a la competencia que le había surgido y a cierta dejadez por parte de sus dueños.

Entonces, sus incondicionales le plantearon un ultimátum a Don Oscar (Occa, Occa), de tal manera que o levantaba el negocio o este se vería abocado a la quiebra.

Lo cierto es que cuando las cosas se hacen bien, las cosas suelen salir bien.

Y el guachinche volvió a resurgir de sus cenizas luciendo como en sus mejores tiempos, y ya ni la aún más brillante competencia, pudo acabar con sus tertulias y con sus sesiones de oxigenoterapia.

Y es que Don Oscar se mostró pletórico como en sus mejores momentos.

Y es que poca gente lo sabe, Don Oscar estudió en la Universidad de la Vida. Ya sé que para muchos esa universidad está degradada después del pueril uso que se hizo de ella, pero Don Oscar estudió en la verdadera Universidad de la Vida, en aquella por la que se tiene que pasar y necesariamente ella tiene que pasar por uno.

Y en ella se doctoró en Psicología de la Integración, en Sociología de la Incorporación y en Pedagogía del Bienestar.

No es menos innegable que para muchas personas es un simple gorrón del tres al cuarto, un caradura impresionante o un malcriado y escandaloso sin remedio.

Pero no, no es así, para todos aquellos que hemos asistido a algún cursillo de principiantes relativo al tema, Don Oscar es un fiel exponente de la sabiduría popular y de las relaciones humanas.

Ya desde un primer momento, cuando recibe a alguien en su guachinche o literalmente lo arrastra de los pelos hacia él, muestra sus belicosas, aberrantes y casi surrealistas maneras, provocando unas reacciones de lo más variopintas, que pueden ser del mayor de los asombros, hasta el descoloque máximo, pasando por alguna que otra huida.

A partir de ese momento, los incautos caen en sus redes y ya no pueden dejar de acudir con asiduidad a su garito de mala muerte a comer cualquier inmundicia que les ponga por delante, y hasta café de cafetera tradicional les pone como en un guachinche que se precie.

¿Y vino?

¿Les parece poco con que haya venido él? Y total para qué, para que les pusiera cualquier vino pirriaco de jumilla o similar y no poder levantarse al día siguiente salvo que lo hicieran con un tremendo dolor de testa y ya no pudieran regresar, y se perdiesen las diatribas y toda la sarta de improperios propios de Don Oscar y sus corifeos.

No, eso no, la gente es más masoca de lo que quiere aparentar y jamás renunciaría a ese bálsamo de enjundias que allí se ofrece, a esa paz aclimatada en sales de baño turco, aliñadas con jabones de aromas estridentes.

No, Don Oscar (Occa, Occa) venía a significar mucho más que todo eso. Occa, Occa, era todo un adalid de la resonancia, todo un personaje propio de un jardín de aclimatación tan habitual de estos lares en épocas más dadas a ello.

Occa, Occa (probablemente sin coma) echaba cabos sin ser marinero a cualquiera que los necesitaba, tirando de las personas hasta su bienestar y reencuentro consigo mismas y con un paisaje que les podría gustar o no, pero que de cualquier manera les hacía más grato y en muchos casos convertía su guachinche en refugio de piratas sin barco que huían de una malentendida justicia que acababa convirtiéndose en la más tirana de las veleidades humanas.

Muchos que habitan la isla respiran gracias a sus quimeras, desvaríos y tratados de lesa humanidad, y otros que ya no están, recuerdan con auténtica añoranza sus vejatorios e insondables tratos que los integraban sobremanera y hacían que disfrutasen del momento en una balsa de aceite de oliva prensado en frío.

Realmente Don Oscar no regentaba un cutre guachinche, lo que tenía entre sus manos eran dos ONG, una dedicada a la integración laboral de disminuidos, y otra igualmente dedicada a la no menor integración de profesores desahuciados y demás alumnos sin catalogar.

Vamos, que aparte de sus diatribas, gulas, hedonísticas aventuras (envidiadas y marinas), impuestos revolucionarios y demás vejaciones, Don Oscar solo tenía un defecto, que no era otra cosa que la de ser un submarino de Zerolo, no del otro Zerolo, al que imitaba en sus ensoñaciones dalinianas, sino de Zerolo, Zerolo (probablemente sin comas) el de la onírica .patria canaria .

Un día, hace bien poco, como haciéndose querer, nos vino a decir que nuevamente por decreto tenía que abandonar la nave, no cambiar de camarote como la otra vez, sino marchar para siempre de estas procelosas aguas para más nunca regresar.

Fue entonces cuando comenzamos a replantearnos su significado y, como masocas nosotros, hasta lo íbamos a echar de más. Pensábamos en su fiel escudera de años, también lamentaría su partida, no en vano, ambos eran los auténticos artífices de lo que allí sucedía y eran bastante las cosas que los unían. No se entendería al uno sin el complemento del otro, ni sin su eficaz combinación de caracteres que hacían de la balsa una realidad.

Días más tarde, y sin abandonar su papel de bufón, nos anunciaba que su pena había sido levantada, o más exactamente modificada. El objeto social de su ONG había sido cambiado y ahora permanecería, para sufrimiento nuestro y de nuestros bolsillos, así como de los venideros, haciéndonos pasar el trago en su balsa de aceite, pero ya no trataría con los tórridos ejemplares de la segunda ONG que regentaba, sino que ahora pasaría a ocuparse de otros gélidos por-venir.

Aún así, no dudamos de sus cualidades para llevar a buen puerto su nave y nos alegramos de que continúe deleitándonos los ratos y los días, sino es que nosotros partimos con antelación.

Clave: Oscar es un compañero que con sus bromas ayuda a los que estamos y sobre todo a los recién llegados a sentirse menos perdidos y a pasar un rato al margen de como les vaya en el instituto. También nos cuesta más de un cortado. Deberían estarle agradecido no sólo muchas personas a las que hace sentir mejor, sino también otras que ven mejorada su situación sin saberlo ni apreciarlo. El guachinche "El Palomar" es el lugar en el que nos tomamos el cortado en los recreos y donde nos relajamos y departimos durante un rato.

Cuento asociado:
El Plantador de Dátiles

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Durante dos años (los dos primeros años que estuve en el instituo) pensé que la mejor manera de evitar problemas era pasar inadvertida y, sobre todo, evitar cualquier amago de socialización... Lo que no se conoce, no se padece.
Dos años tuvieron que pasar para que me diera cuenta de que en ese afán mío por no aprender "habilidades sociales" me estaba perdiendo muchas cosas buenas. Una de ellas era respirar el "óxígeno activo" que nos dispensa el Palomae.
Este año empecé a ir al Palomar. Sigo pasando inadvertida, sigo siendo bastante poco social... Pero me siento un poco menos sola... A veces sólo acudo allí para pensar en medio del ruido que generan mis compañeros e, incluso, en algunos casos, amigos... A veces, por diversos motivos, he dejado de ir durante unos días... Pero lo echaba en falta y, cuando llegaba la cuarta hora, notaba la carencia de oxígeno. ¿Se habrá convertido en un vicio? No lo sé, pero ya sabemos que los vicios suelen proporcionar algunos de los grandes placeres de la vida.

JJ dijo...

Gracias por tus comentarios. En realidad aunque personalice en Oscar, a la formación del ambiente contribuimos todos y todos nos sentimos beneficiados.

Anónimo dijo...

El día que recibí este correo, mandé un comentario pero debió ocurrir algo porque hoy he detectado que no se publicó.
Mis visitas al Palomar fueron muy pocas y siempre fueron por motivos laborales. No disfruté de ese clima pero me alegro pues he aprendido que siempre hay algo bueno en todos los rincones aunque éstos estén contaminado, pero más me alegro por todos los que pueden seguir disfrutando del "loco" de Oscar. Salúdalo de mi parte y espero que su compañera ya respire mejor pues sé que la tenía muy agobiada su partida. amlp

Anónimo dijo...

Tienes razón en todo lo que dices, ¡¡ Cuánto se les echa de menos al amigo Occa, Occa y a su fiel escudera (¿o será al revés?) cuando no están!!
Hermosos y agradables momentos hemos pasado en ese chiringuito y como lamentamos su traslado, para ahora reconocer que el cambio ha sido a mejor.
Cuanto bien nos hacen estos momentos de relax en la dura jornada del enseñante, jejejeje.
Continuemos así, y no crezcas Occa, Occa