lunes, 22 de septiembre de 2008

* 35.- La cuchara rotita




La cuchara rotita

Era uno de esos utensilios de casa que, una vez quedan huérfanos, se van reponiendo. Mientras, los guardamos no se sabe para qué y suelen hacer acto de aparición cuando hacemos alguna comida familiar o con amigos de confianza.

Lo cierto es que permanecía en la gaveta, hasta que un día, en uno de esos descuidos infantiles, se quedó sobre un fuego apagado pero que aún guardaba cierto calor, suficiente para derretir y deformar algo el mango de la cuchara, combinando su original color rojo con un toque de negro tiznado.

Aún así, no desapareció de la gaveta.

Cierto día, en una de esas ocasiones en las que un objeto llega a tus manos, como tantas otras, pero esa vez no lo hace de la misma manera, pues en ese momento y no en otro, decides hacer lo que hacemos muchas veces los humanos con los objetos: los animamos, tratamos de darles vida o algún significado cargado de emoción y cariño.

Probablemente lo hacemos en un intento imposible de retener los sentimientos, las sensaciones e incluso a las personas con las que relacionamos a ese objeto.

Pertenecía a la primera cubertería, a la de diario, a la real, a la que usamos, la que nos acompaña, la que convive con nosotros y que sólo sacas con los verdaderos amigos y familiares de confianza.

Era de color rojo, quizás ya queriendo señalar su amor no renunciado a la vida.

Lo cierto, es que ese día cuando llegó a mis manos, la animé y le di significado. Simbolizaba el amor por la esencia, no importaba su estado, no iba a renunciar a ella por su estropeada apariencia exterior.

Le había dado alma y cada vez que metía mi mano en la gaveta y casualmente llegaba a mi mano, le mostraba todo mi amor y dedicación y me alegraba de conservarla.

Cuando por la misma casualidad no llegaba a mi mano, sino que me llegaba otra nueva, me hacía la ilusión de que había mejorado y me alegraba igualmente.

Pasaban los días y mi amor a la animada cuchara no sólo no decrecía, sino que aumentaba. Tanto fue así, que el lavarla con estropajo y jabón, no suponía el habitual peso que limpiar la loza nos suele acarrear, incluso cuando la grasa se acumulaba o estaba acompañada por lo restos de comida más repugnantes, ni tan siquiera cuando los niños la abandonaban en cualquier lugar como suelen hacer y aparecía con un estado aún más lamentable.

Un día, sin esperarlo, se ausentó sin previo aviso, como queriéndome avisar y prepararme para su desaparición. Tuve ese presentimiento y se confirmó.

Pasados unos días, al regresar, y, como siempre, por azar, la cuchara rotita reapareció, nuevamente siendo portadora de un mensaje, pretendiendo decirme esta vez, que siempre estaría con nosotros, que no nos abandonaría, que siempre nos inspiraría y que cuando estuviésemos bajos de ánimo, ella estaría allí, como siempre, levantándonos el ánimo y dándonos sus oportunos consejos y puntos de vista.

Ya sé que cada vez que comimos con ella, partículas invisibles e insignificantes de ella, se introdujeron en nosotros y siempre formarán parte nuestra, de nuestra esencia intracelular.

Y cada vez que meta la mano en la gaveta, aparecerá o no lo hará, pero siempre estará ahí aportándonos el sustento diario.

La cuchara rotita existe, los sentimientos también.

3 comentarios:

Anónimo dijo...
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Anónimo dijo...

Sin pecar de pedante, tu texto y lo que entraña me acaba de recordar el amor que por las cosas pequeñas sentía Azorín, uno de mis escritores de culto. Me ha emocionado imaginar y comprender el significado que le has dado a algo tan común y, a la vez, tan especial, tan único para ustedes...A medida que lo leía he ido imaginando las múltiples "cositas" a las que, sin darme cuenta, le hemos ido dando un sentido especial... Quizá por eso, solemos ponerle nombre a todo. Parece que, poniéndoles nombre, nuestras cositas, esas que podrían haber pasado inadvertidas, adquieren una vida, un significado, aunque sólo sea para nosotros.
McDonald

Vecina dijo...

Cuando he leído tu reflexión me han venido dos pensamientos a mi cabeza. El primero de ellos se remonta a mi niñez, cuando pensaba que mis muñecas sentían, que cobraban vida cuando no había nadie mirándolas (como en la conocida película para niños), por eso era incapaz de dejarlas tiradas o de quitarles alguna parte de su cuerpo, porque seguro que les iba a doler , porque claro las muñecas sentían como nosotros… Confieso que aún hoy en día cuando veo alguna muñeca de mi hija tirada o maltrecha, la termino poniendo bien, por si sienten, no ser que les vaya a doler…
El otro pensamiento fue el darme cuenta con que facilidad nos solemos desprender de las cosas cuando ya no nos son del todo útiles o se han quedado desfasadas, ¡este mundo consumista! Pero lo más terrible es que en muchas ocasiones se suele hacer lo mismo con las personas, cuantas historias se oyen de personas mayores abandonadas por sus hijos e hijas porque ya les suponen una carga, olvidando que ellos son lo que son gracias a los sacrificios de sus padres. O de los amigos, que comos se suele decir, para las fiestas se apuntan todos, pero se demuestra la verdadera amistad en los momentos difíciles. Todo esto tiene una solución y es el AMOR, que trasciende del aquí y ahora, de lo superficial… y se queda con lo realmente importante de los otros.