domingo, 25 de enero de 2009

* 81.- NO LA RETENGAS

Hay ocasiones en las que no la encuentras. Tratas de buscarla en tu casa y por más que te esfuerzas no aparece ante tus ojos.

Sales a la calle tratando de tropezarte con ella. Y, a pesar de que se cruza constantemente contigo, no te das cuenta.

Continúas caminando, algo cansado y con pocas esperanzas de que se cruce en tu camino.

Algunas personas se empeñan en ayudarte a encontrarla y tú rehúsas verla.

Sin embargo, siempre aparece alguien, cuando menos lo esperas, que no renuncia a conseguir que la localices.

Se empeña, y sin que tú te des cuenta, te topas con ella.

Ya sabes que existe, y aunque la vuelves a perder, el haberla hallado te anima a proseguir con la búsqueda.

De pronto, la ves pasar a tu lado y tomas consciencia de que siempre se ha estado ahí, sólo que tú no eras capaz de verla.

A pesar de ello, se escabulle entre tus manos. La pierdes de nuevo.

Pero ahora ya sabes dónde encontrarla.

La buscas, la encuentras, pero no terminas de hacerla tuya.

Te empeñas en poseerla, pero cuando más tratas de hacerlo, más se escapa, como la arena de la playa cuando tratas de apretarla entre las manos.

Desistes de hacerla tuya.

Sin apenas percatarte, comienzas a sentir como una y otra vez vuelve a ti.

Entonces, ya no te empeñas en detenerla, en conservarla. La pierdes a raudales, y cuando más la pierdes, más vuelve a ti.

Ahora ya no necesitas buscarla fuera, porque sabes que la tenías en casa, a tu vista, pero no aparecía. Sucedía como con otros objetos que creías perdidos y cuando renunciabas a continuarlos buscando, estos aparecían. Siempre habían estado ahí, tú y tu empeño por encontrarlos te hacía no dar con su paradero. Incluso llegabas a pensar que nunca más aparecerían.

Recuerdas que cuando eras pequeño la encontrabas a cada momento, y cuando la perdías, no pasaban muchos instantes para que reapareciera.

En estos momentos te das cuenta de que no has dejado de ser un niño. Un niño grande, pero un niño al fin y al cabo. Vital y decidido
a veces, indeciso y contrariado otras.

Ya sabes que para tenerla, debes regalarla, compartirla, ayudar a que otros la encuentren aunque no la busquen.

Sobre todo tienes que tratar de darla a aquel que no la tiene.

Repentinamente, te topas de bruces con quién no sólo no la posee, sino que, además, trata de robar todas las que se encuentra. Pero no lo hace para quedárselas, sino para destruirlas.

Llegas a temer por ella, pero decides no dejar que te la arrebate.

Te sumerges en una encarecida lucha, cuando encuentras un resquicio por el que introducirte y, sin que se dé cuenta, inundarlo todo con ella.

En ese justo instante, ves que, donde sólo parecía haber rabia, había más cosas, pero esa rabia se volvía contra él, desbordándole hacia los demás.

Y, con la que habías encontrado y tu perseverancia, logras que ese ser encuentre toda su enjundia oculta a sí mismo.

Entonces ves como vuelve a él, pero no se la queda, la irradia al exterior y te inunda a ti mismo.

Ya no puede escapar, tampoco la detienes. Sólo la esbozas.

Una sonrisa no cuesta nada y produce mucho.

Enriquece a quienes la reciben

sin empobrecer a quienes la dan.

No dura más que un instante,

pero su recuerdo a veces es eterno.

Nadie es tan rico que pueda pasarse sin ella,

y nadie es tan pobre que no pueda

enriquecer con sus beneficios.

Una sonrisa es descanso para los fatigados,

luz para los decepcionados,

alegría para los tristes

y el mejor antídoto contra las preocupaciones.

Una sonrisa no puede comprarse,

no puede obtenerse por caridad,

no puede robarse ni puede ser prestada,

porque una sonrisa es algo que a nadie rinde beneficio

a menos que sea brindada espontánea y gratuitamente.

Y si, en el trato con nuestros compañeros

alguien está demasiado cansado para

brindar una sonrisa, regálale una de las

tuyas, pues nadie necesita tanto de una sonrisa,

como aquel a quien no le queda

ninguna que ofrecer.




Cuento: Una sonrisa al amanecer