domingo, 1 de febrero de 2009

* 87.- "NO VALE PARA NADA"

Yo era un niño nervioso, distraído y muy travieso. Recuerdo que a los 6 ó 7 años me encantaba caminar por los tejados de las casas colindantes. Naturalmente, mis padres -y los vecinos- se asustaban mucho. Con ocho años me gustaba participar en carreras de bicicletas sin frenos, y nadar en el mar bastante más lejos de lo que me permitían mis fuerzas y posibilidades de volver a la playa.

Nunca me olvidaré del día -tendría unos 9 años- en que volvía de la playa con mis amigos y mi buen amigo Miguel me desafió diciéndome que no sería capaz de meterle fuego a unos matorrales. Me dio él la cerilla y sin dudarlo prendí fuego al matojo.

A los pocos minutos ardía parte de la ladera que daba al mar. Me detuvieron dos guardias civiles. Recuerdo que en el cuartelillo la mujer del guardia civil, muy amable, me daba caramelos. Pero yo me sentía fatal. Me preguntaba: ¿Quién demonios eres tú? ¿Cómo has podido hacer esto? Afortunadamente aquella tarde llovió y el fuego se apagó.

Tuve la gran suerte de que en los momentos más difíciles siempre aparecía algún ángel de carne y hueso que me rescataba de mi impulsividad. A veces era un amigo, a veces mi hermana. Sin duda mi madre fue el ángel más importante.

Me sentía culpable porque no me entendía. ¿Qué me pasa que no puedo controlar mi energía? me preguntaba constantemente. Aunque era un muchacho sociable y alegre, cualidades que facilitan las relaciones de amistad, con frecuencia mis arrebatos indignaban a mis mejores amigos.

En mi pequeño mundo de entonces, la impotencia para regular mi distracción y comportamiento se traducía en fallidos propósitos de enmienda. Unas veces exteriorizaba mi frustración con brotes de mal genio, otras transformaba inconscientemente mi descontento en trastornos digestivos. Después de cada trastada me invadían la culpa y el remordimiento.

Mi madre captó que tenía buen oído para la música. Nunca pude aprender solfeo, pero tenía mucha facilidad para tocar instrumentos musicales, así que se empeñó en que aprendiese a tocar el piano. Después la guitarra y finalmente el instrumento musical idóneo para mí: la batería. "La música amansa a las fieras" me repetía mi madre con una sonrisa cariñosa de complicidad. La música no sólo me ayudó a canalizar gran parte de mi energía sino que fue un eficaz reconstituyente de mi autoestima.

Mi perpetuo estado de agitación y distracción me robaban gran parte de la concentración necesaria para asimilar la materia necesaria para asimilar las materias escolares. El momento más dramático fue a los 14 años. en bachillerato, curso en el que suspendí 5 de las 8 asignaturas que lo componían.

El descalabro escolar precipitó mi salida del colegio. "Creemos que lo mejor para él será aprender un oficio" comunicaron un día a mis consternados padres, en mi presencia.

Como última oportunidad, mis padres decidieron matricularme en un instituto conocido por aceptar muchachos cateados. Este nuevo reto, sin embargo, abrió inesperadamente un esperanzador capítulo en mi vida. Alguien muy especial me esperaba allí, Doña Lolina, nada más y nada menos que la temida directora del instituto.

Nunca olvidaré que un grito de Doña Lolina desde el patio era suficiente para infundir respeto, terror o seguridad en cada uno de los doscientos y pico alumnos y profesores que ocupábamos el edificio de cuatro plantas.

El caso es que desde los primeros días de clase este nuevo ángel de mi vida se tomó un genuino interés personal en mí.

La primera orden que dio fue que en clase me sentara en la primera fila -hasta entonces mi sitio preferido por mi y por mis maestros, siempre había sido la última-, y cuando intuía que estaba teniendo dificultad con alguna asignatura, me animaba a que hablase con el instructor y negociara amistosamente la solución. Estoy convencido de que ella antes, sin decírmelo, había preparado el terreno.

Doña Lolina, según me explicó bastantes años más tarde ante mi insistencia por entender estos trascendentales momentos de mi vida, al parecer había detectado algo rescatable en mí que no me supo definir.

Estas experiencias infantiles me convencieron de dos cosas.

Una, que la noción que los niños tienen de sí mismos es simplemente el reflejo de las opiniones que los demás forman y difunden de ellos.

La segunda, que para apreciarse a uno mismo es esencial contar durante los altibajos de la niñez con el apoyo de algún adulto. Y cuanto más espinosas sean las circunstancias de la infancia más indispensables son estos vínculos afectivos.

Con la confianza y la motivación estimuladas por el nuevo y receptivo ambiente escolar -y probablemente por los efectos favorables de la maduración del cerebro que ocurre normalmente en la adolescencia-, a los 16 años comencé a aplicar en lo posible el freno a la impulsividad y aprobar las asignaturas del curso. Recuerdo que en este tiempo descubrí los beneficios de ciertas estrategias que me facilitaban el aprendizaje. Por ejemplo, advertí la utilidad de dividir la materia en partes, hacer esquemas y resúmenes. Al mismo tiempo acepté que, a la hora de estudiar yo necesitaba hora y pico para retener una fórmula de química o una lección de historia que mis compañeros de clase absorbían en media hora.

Cuando entré en la Universidad, siempre estudiaba dos o tres noches antes de los exámenes. Con un par de amigos estudiábamos sin parar con mucha cola y unas pastillas que se llamaban Centramina, y no requerían receta. Eran estimulantes que yo sin saberlo me ayudaban a concentrarme de forma que me llegaban a gustar incluso temas que normalmente no gustan a casi nadie.

Poco a poco, noté que el termómetro para medir mi autoestima marcaba más grados cuando veía que mis esfuerzos tenían un impacto positivo en las relaciones con los demás, o lograba alcanzar alguna meta que me había fijado, aunque fuese muy modesta.

De esta forma fui saliendo paulatinamente del atolladero de mi infancia y adolescencia y empecé a reconducir mi vida por un camino más seguro y despejado.

Hoy estoy convencido de que la moraleja de las experiencias personales que les he confiado es la misma que apunta el antiguo proverbio chino que dice: "En el corazón de todas las crisis se esconde una gran oportunidad". Precisamente, esta es la lección que aprendemos los hombres y mujeres que tenemos la suerte de encontrar la oportunidad en las adversidades de la infancia y la adolescencia.

En mi caso -como en el de tantos otros- mis problemas me ensenaron a conocerme mejor, a apreciar lo que los otros hacen por mí, a aceptar ser perdonado y a aprender a perdonar, a luchar con optimismo, a cambiar, y a trabajar día a día por dirigir razonablemente el rumbo de mi vida.

Hasta aquí el testimonio de Luis Rojas Marcos, psquiatra y afectado por TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad). Lo he obtenido del libro "Hiperactivos. Estrategias y técnicas para ayudarlos en casa y en la escuela" editado por LoQueNoExiste y por ANSHDA en colaboración con Medialuna.

No he cambiado nada salvo su identidad y su afección hasta el final, para suscitar más incertidumbre y proponer la reflexión, y omitir algún pequeño detalle. Para verlo entero o leer otros artículos muy interesantes , les remito al interesante libro citado.

Algo lo salvó. Muchas veces simpelmente el conectar con alguien, incluso sin que nos demos cuenta. En su caso una directora que aunque parece que era algo autoritaria, con él acertó.

Alguien detectó algo rescatable en él. Esta es una clave. Todos tenemos algo rescatable y de ahí tenemos que tirar.

¿Cuántos posibles "Rojas Marcos" o simplemente "ciudadanos normales" se quedan por el camino, porque presentan algún tipo problemática y nadie, ni a nivel individual, ni la sociedad en su conjunto ven en él algo rescatable y no le brindan una oportunidad?

Si esta sociedad fuera, al menos, algo más egoístamente inteligente, se ocuparía más de cualquiera de estos casos que cada vez son más frecuentes.

He creído que es un ejemplo bastante válido sobre las cosas que se pueden hacer en la enseñanza y en esta sociedad, y que desgraciadamente no se hacen de la manera deseable, en relación con ésta y otras problemáticas.

En algunos casos son pequeñas acciones en las que conectemos con los alumnos y los veamos de otra manera, y en otras deben responder a una actuación mucho más amplia que debe superar con creces a la propia enseñanza y embarcar a todas las instituciones y al conjunto de la sociedad ( "Para educar a un niño hace falta la tribu entera"proverbio africano).

Al releerlo, y escribirlo, me ha ayudado a reflexionar sobre los problemas educativos y personales que me preocupan.

Ya tenía la intención de hacerlo de esta manera, pero la llamada de un amigo y antiguo compañero de taller, me ha llevado a profundizar en la reflexión que he estado llevando a cabo estos días con mi actual compañero de taller, con la jefa de estudios y con dos anteriores compañeros de taller.

Este amigo me llamó alertándome de la detención de un antiguo alumno por gran tráfico de drogas, posesión de una gran cantidad, dinero y un coche de alta cilindrada. También fue detenida su madre en la operación.

De las andanzas de este alumno ya teníamos conocimiento y de su comportamiento y situación cuando era alumno del instituto.

En esos momentos no existía el taller de convivencia, aunque sí que por esos años comenzamos a probar cosas parecidas. Yo, en particular, no me encuentro satisfecho de mi actuación en esos momentos, en parte por falta de formación, en parte por no tener el rodaje que ahora tengo.

Probablemente, las cosas hubieran sido iguales con medidas como el taller, pero siempre me quedará la duda.

Lo cierto es que la sociedad, las instituciones y la consejería de educación no está dando una respuesta adecuada a estos casos cada vez más habituales.

Recuerdo cuando tratando por ese entonces en el consejo escolar el asunto de otro alumno en similares circunstancias y devenir, una responsable educativa en la actualidad (generoso que soy), pero que en esos momentos no lo era, se enzarzó conmigo al tratar de hacerle ver yo que el caso de ese alumno ya se veía venir desde que era pequeño y se vislumbraba su futuro (por desgracia también acertamos), y que la sociedad y los políticos no estábamos haciendo lo necesario para atender estos casos. Ella se sintió directamente aludida, cuando no fue mi intención ni mi tono, y ahora que la conocen, ya se pueden imaginar cuál fue su tono. Ya en ese momento pude ver cual era su auténtico calado y cuales sus auténticos intereses, y el tiempo me ha venido a dar la razón.

Pero del asunto ya pasado, sólo me interesa el constatar a diario que las cosas no sólo no han cambiado, sino que han empeorado.

Tenemos un alumno derivado a nuestro centro por acoso escolar, y la conclusión de todos los que directamente nos encontramos relacionados con este caso, es que determinados servicios sólo existen para salir en un anuncio pagado en radios y televisiones.

Este año tenemos nuevos fracasos del conjunto de la sociedad. Alumnos con problemas que no les hemos sabido dar una buena solución, probablemente en buena parte por errores propios del centro y la sociedad. Espero que no sigan el mismo camino que los anteriores.

Y nos encontramos con otros a los que esta sociedad no les está dando la respuesta adecuada y puede que sigan caminos similares.

Lo único que pretendo es que tengamos entre todos una reflexión, tanto a nivel profesional en el ámbito de nuestras competencias, como ciudadanos que deben participar en la sociedad y el conjunto de la misma.

Yo, en medio de mis obligaciones, trato de reflexionar y atender de la mejor manera que me es posible los casos con los que nos enfrentamos, aunque siempre me queda la duda sobre si hacemos lo necesario como ciudadanos y como sociedad.

Creo que esta sociedad y cada uno de los que la componemos tomamos medidas, o la cosa no irá precisamente a mejor.

Cuento:

Los Dos Hermanos

3 comentarios:

Anónimo dijo...

QUERIDO AMIGO:

qué difícil es manejarnos entre estos chic@s, querer ayudarlos y encontrar puertas cerradas, que aunque toques no se abren y sino zancadillas de quién por obligación nos debería ayudar o aportar su grano de arena para intentar encontrar una solución para todos estos chavales que entre todos tratamos tan mal.
No te sientas mal, pues además lo sé, que siempre pones de tu parte para intentar solucionar o reconducir algunos de estos temas.
Ánimo. amlp

Anónimo dijo...

Tienes razón, que difícil es esta profesión...sobre todo si te involucras y quieres hacer las cosas "bien hechas". A menudo sacamos conclusiones de nuestros alumnos sin intentar ver más allá de sus comportamientos y a veces cuanto bien les hace una simple palabra tuya. Te voy a contar como ejemplo un caso que me sucedió con una alumna. Esta niña no hacía absolutamente nada en clase y menos alguna tarea que se le mandara para casa, era una niña muy callada y poco colaborativa. Me llegué a enfadar mucho con ella, recriminándola incluso delante de sus compañeros. Al poco tiempo nos enteramos que estaba siendo objeto de abusos por parte de su abuelo, me sentí faltal. A final de curso le di mi teléfono y le dije que para lo que le hiciera falta podía contar conmigo y que no se olvidara que la queríamos mucho. Ese simple gesto bastó para que ella se sintiera unida a mi, me continúa llamando, mandando mensajes.
Con este ejemplo quiero confirmar tus palabras que en ocasiones con unas simples palabras o gestos podemos conseguir mucho. Pero que desde luego no es nada fácil, pero si que tenemos que estar conscienciados, como tú, que la educación es mucho más.....
Vecina

JJ dijo...

Querida amlp, tienes mucha razón cuando hablas de lo cerrados que están estos chicos, pero se trata de encontrar la llave que abra su puerta, o que al menos la deje entornada. A veces una sonrisa, un oído, una palabra o una comprensión. No me siento mal, pero a veces siento que esta sociedad hipócrita los acusa de todo, cuando es ella la que les ofrece todo lo que son. Eso no los debe justificar, pero sí que nos debe hacer entenderlos y tratar de reconducirlos.

Vecina, cuanta razón tienes en tus palabras. Un cimpli hilo del que tirar es suficiente a veces para quién no tiene otra cosa de que hacerlo, y otras, supone la diferencia entre poder salir adelante o no. Cuando las palabras y los gestos son capaces de transmitir, hacen más de lo que dicen.

Gracias.

Jesús