viernes, 22 de mayo de 2009

* 142.- MI MEJOR AÑO...

Tengo que comenzar puntualizando: no fue el mejor año de mi vida. Tampoco fue el mejor año de eso, pero sí que fueron los mejores meses de aquello.

He asistido a funerales plagados de gente que asistían por puro compromiso y notoriedad social del fallecido o su familia, a otros vacíos por no sé que razones y a alguno lleno de personas que sentían aprecio.

Si algo he aprendido, es que eso es lo único que te puedes llevar puesto. Creo que, entre tantos errores, hay algunas cosas que me llevo puestas allá donde vaya.

No vino de Oriente, ni siquiera se llamaba Baltazar. Eso sí, era de tez morena, se llamaba Josep y vino de la Galia.

Durante tres días pasó desapercibido. Supimos de su presencia porque fue anunciado, no por un ángel, sino por un ser terrenal.

Tímido, se hizo notar sólo cuando no tuvo más remedio.

Nunca lo olvidará.

Nosotros tampoco.

Han pasado ya algunos años y los tres magos se han curtido ya en numerosas batallas.

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Aún así, por más que las anécdotas sean repetidas y las batallas contadas, nunca pierden el lugar que un día ocuparon.

Trastada tras trastada, fueron grabadas en piedra, tal y como deben ser grabadas las cuestiones de los amigos. En tierra no hubo necesidad de escribir ninguna ofensa. Tampoco dio tiempo para ello. La falacia no lo permitió.

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Unas llaves, una carpeta y un espejo entre las manos al compás de unas carcajadas. No sé olvida, ni como pretendido relato de una supuesta ofensa, excusa para el recuerdo.
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Fuimos lo que éramos, lo fuimos realmente, aunque no formalmente. Imposible entre informales.

Desarrollamos competencias cuando no se hablaba de ellas y no habían caído en las garras de la burocracia.

Conseguimos el mayor logro que debe perseguir cualquier profesor: que ningún alumno odie tu asignatura, aunque no obtengas nada más.

Ya vendrá otro que obtenga mayores réditos que tú, porque al menos tú, no has cercenado la posibilidad de crecer la hierba.

El otro, truan benevolente, tampoco Gaspar, embaucaba al primero entre bromas y burlas, sanas burlas, mientras el tercero, que no se llamaba Melchor, hacía de maestro de ceremonias y programaba las excursiones en hora, siempre en el mismo carruaje (al menos eso jura y perjura Baltazar).

No se levantaba acta de los encuentros, más no por eso dejaba de quedar constancia. Los hechos nunca fueron olvidados. Eran cantados por los juglares, mientras la dama escuchaba atónita alguna anécdota que aún desconocía.

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Imborrables, imposible desterrar la danza. Ningún avatar de reina negra puede exterminar la razón que pernocta en la emoción, en el reino en el que las tinieblas tienen vedado el paso y el día y la noche se suceden con naturalidad, sin aspavientos ni traiciones.

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Nunca echar en cara resultó tan grato. Nunca que te echaran en cara te agradó tanto.

Unidad didáctica, juegos sin fin, torneos medievales jugados en horas de recreo con la presencia de los caballeros mientras la reina negra intrigaba entre los laureles de la noche, perseguida sin remedio por su propia sombra.

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Su alargada garra nunca ha podido con los tres mosqueteros, ni ha conseguido borrar, envidiosa, la estela de sus hazañas entre molinos, contadas y cantadas por juglares del día.

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A pesar de los recursos literarios, de las anécdotas sin fin, hay cosas que no pueden ser relatadas sino desde la emoción, y por mucho que se domine el lenguaje, que no es el caso, no pueden ser plasmadas en ningún papel, ni siquiera en uno virtual.

Sólo la emoción que acompaña a la narración de los hechos, puede llegar, por aproximación, a los vericuetos de lo que allí acaeció.






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