viernes, 10 de septiembre de 2010

UNA MUJER NORMAL, UNA MUJER EXCEPCIONAL

Hoy se cumplen dos años. Hoy voy a hablar de cosas de las que nunca antes he hablado. Y lo voy a hacer por una doble razón. Por una parte, porque pasados ya dos años (parece mentira) siento la necesidad de hacerlo y de sacar algunas cosas fuera. Y, por otra, como homenaje a una mujer con la que tuve la suerte de compartir mi vida y crecer junto a ella.

No voy a contar los malos momentos, que sin duda los hubo, pero que fueron reducidos a la mínima expresión por Doris, quién en todo momento mostró una actitud vital, luchadora, aceptando sin rendirse las realidades de cada momento y transmitiendo alegría y ganas de vivir a las personas que coincidieron con ella a lo largo de este proceso, incluso antes del mismo.

Por ello, y aunque como he dicho no voy a contar lo malos momentos, lo digo por si alguien no quisiera continuar leyendo, estuviese avisado.

Desde un primer momento miró de frente la enfermedad y se lo hizo saber a nuestros hijos con la mayor de las naturalidades. Ese fue un secreto que explica la manera en la que todos lo pudimos llevar y fue todo un ejemplo y una lección de vida que ellos, aunque pequeños en esos momentos, nunca podrán olvidar y aprender de su actitud, lucha y ganas de vivir.

Nunca quiso dejar de trabajar y en repetidas ocasiones pidió el alta voluntaria para poder hacerlo. Amaba su trabajo y, por encima de todo, la vida. Creo que sus ganas de vivir y afrontar las cosas fue un ejemplo para muchos de los que la rodearon.

Recuerdo como en los primeros momentos, muchas personas dudaban llamar o visitarla, debido a un lógico miedo y rechazo que tenemos en esta sociedad a los temas tabús de la muerte y la enfermedad, pero poco a poco, se fue corriendo la voz de que las personas que la visitaban, salían con ganas de vivir y no les suponía angustia alguna. Ella lo facilitaba todo, incluso en los malos momentos.

Doris era una persona sencilla, que procuraba no hacer daño a nadie, comprometida con las personas, con su familia, con su trabajo y con una gran vitalidad que le hacía amar la vida.

He de decir que nunca estaremos suficientemente agradecidos a las personas que la rodearon y que contribuyeron a hacerlo todo más fácil. Es una pena que tengamos que esperar a duras circunstancias para llegar a conocer en profundidad a muchas personas. Aunque a la mayoría las conocía bien, el nivel de profundización fue incuestionable. También, dentro de estas circunstancias, nos brindó la oportunidad de conocer a personas excepcionales dentro del anonimato y la normalidad. Incluso nos sirvió para retomar amistades ancladas en el paso del tiempo y alejadas por las circunstancias de la vida y los distintos derroteros que esta va tomando.

Aceptó los tratamientos a los que fue sometida y no dejó de hacer vida normal ni de trabajar por ellos, salvo en las contadas ocasiones en que fue necesario o que los médicos le hacían ver la necesidad.

Me hacía mover el cielo y la tierra para que las citas y los tratamientos no coincidieran con su trabajo. Muchas pruebas y analíticas conocieron la madrugada. Me hizo hablar para que la administración de tratamientos que hasta ese entonces se hacían solo de mañana, se comenzaran a hacer de tarde.

Durante esos años tuvo un curso que llegaba con algunos problemas y lo levantó con su entrega y gusto por su profesión.

Cada vez que había un mal dato, su disgusto no pasaba de los 5 o 10  minutos y enseguida estaba con ánimos para seguir luchando. Era una batalladora de las que no se rendía jamás, incluso no lo hizo cuando sabía y aceptaba la irreversibilidad.

Durante todo ese tiempo, también antes, hizo una razonable vida sana y se mantenía en forma.

Se recuperó de malos datos en varias ocasiones con su lucha y ganas de vivir. Cuando tuvimos la certeza de que ya era irreversible, visitamos a su doctor. Ambos tuvimos la intuición de que no iba a haber valor suficiente para ser comunicado y así me lo hizo saber, diciéndome que ella quería que fuese su doctor el que se lo dijera. Efectivamente, cuando entramos a la consulta, nos pasaron a una doctora que ella no conocía de nada y que era nueva en el servicio. Me repitió que ella quería que fuese el que era su doctor. Le comuniqué nuestro deseo a la doctora que nos atendió. Entonces vino el médico. Fue otro de los momentos en los que su actitud me sorprendió, su entereza y su valentía, dando toda una lección de vida y de afrontar las cosas a las personas que son profesionales en la materia. Preguntó la diferencia entre volver a recibir tratamiento, que era lo recomendado y no hacerlo. Le dijeron que, sin garantías eran unos dos meses. Ella optó por seguir viviendo y no recibir el tratamiento más agresivo que  tampoco le daba ninguna alternativa, pero sin dejar de luchar. Tal fue su valor y seguridad en esos momentos, que yo dudé por unos instantes de que se hubiera enterado y al salir le pregunté si lo había entendido todo. Ella me respndió que absolutamente, que quería seguir viviendo, luchando y disfrutando de la vida a pesar de ello.

Cuando el tratamiento que le administraban ya no fue suficiente, le plantearon la posibilidad de ir medicina paliativa.

Fuimos a esa unidad. Se entrevistaron conmigo a solas (me molestó algo tener que dejarla sola por unos instantes, porque siempre habíamos enfrentado todo juntos). Después la entrevistaron a ella, para posteriormente recibirnos a los dos a la vez. No salían de su asombro al saber que continuaba trabajando, que quería seguir haciéndolo. Pero sobre todo, les sorprendía su actitud vital, sus ganas de vivir y de seguir luchando a pesar de todo. Tal es así, que llegado un momento, le manifestaron su admiración. Le dijeron que por su trabajo estaban acostumbrados a ver todo tipo de reacciones, desde las más malas a las más valientes, pero que estaban asombradas de su actitud, valentía y ganas de vivir y que nunca se habían topado con ningún caso igual.

En un momento de la conversación se enteró que para asistir a ese servicio de cuidados paliativos suponía abandonar todo tratamiento. Entonces me miró, miró a las doctoras y les dijo que ella sabía que no tenía ya nada que hacer, pero que en su fuero interno no estaba el dejar de luchar y rendirse, que quería retornar al hospital a seguir recibiendo tratamiento.

Y así lo hicimos. Hasta que en un repentino resbalón vino a complicar más aún las cosas. Se rompió la 2 vertebra, pero no así el canal medular. En ese momento ya tuvo que dejar de trabajar y permanecer ingresada.

Las visitas no cesaban de producirse. Ir a verla, a parte de un agradecimiento por su parte, eran una inyección de vitalidad y ganas de vivir a todos los que lo hacían. Cómo era posible que una persona en esas condiciones manifestase tantas ganas de vivir y alegría.

No había pasado una semana, ya estaba caminando, poniendo un pie detrás de otro, no sin esfuerzo. Era difícil de creer en su situación.

Cuando le dieron el alta y regresamos a casa, caminábamos todos los días y hacíamos pequeños ejercicios. Me convenció para que la llevase a un fisioterapeuta para hacer rehabilitación, ya que por los trámites burocráticos tardaban en el hospital, además de carecer en buena medida de sentido, pero ella quería seguir luchando aún a sabiendas de la realidad.

Recuerdo la última sesión, a penas unos días antes. Yo miraba en silencio asombrado. Duró algo más de una hora y hubiera supuesto un esfuerzo considerable para muchas personas en circunstancias normales.

Al salir, se me acercó y me dijo, que aunque yo no lo creyese, le había supuesto un gran esfuerzo. Yo le dije que no hacía falta que me lo dijese, que cuando miraba no salía de mi asombro al verlo.

Un rato más tarde, mientras tomábamos algo en la plaza del charco con algunas de sus impagables amigas, se me acercó al oído y me dijo: "Somos unos campeones. No nos vamos a rendir".

Ese mismo fin de semana salimos por última vez y ya la paz se apoderó de sus últimos instantes.

Nunca le estaré suficientemente agradecido por todo lo que me dio y de como afrontó todas estas circunstancias, de lo fácil que nos lo hizo a pesar de la dureza y de las lecciones de vida que nos dio.

A pesar de todo, me considero afortunado por el tiempo que pasé con ella, incluido el de su enfermedad, aunque es obvio que si pudiera la borraría. Soy consciente de que muchas personas no tienen esta fortuna a pesar de convivir más años.

Todo mi amor y agradecimiento para Doris y mi gratitud infinita para todas las personas que compartieron con nosotros estos momentos (familia, amigos, compañeros, profesionales, desconocidos incluso que aportaron su granito de arena).

Pasados estos dos años, he de decir que aunque la añoro y daría lo que fuera porque nada de esto hubiera sucedido, sigo su lección de vida y siempre lo he llevado bien. Su sonrisa me acompaña y la mía, como siempre hizo ella, trato de regalarla a quién puedo.

Les dejo mi powerpoint favorito. Cuando me lo envió una compañera me emocioné. Después se lo enseñé a ella. Desde entonces me gusta verlo de cuando en cuando.
Para verlo y escucharlo, pausa en la sidebar la música de la página (en la columna de la derecha pica la pausa de la imagen similar a la que voy a colocar aquí debajo). También puedes verlo en pantalla completa picando en el icono de las 4 flechitas que se encuentra en la esquina inferior derecha de las dispositivas.


3 comentarios:

emejota dijo...

Podría escribir muchas palabras bonitas, pensamientos mas o menos profundos, citas. Pero no haré nada de esto, tan solo que cada vez que entre en tu blog estaré sintiendo a Doris, esa mujer que representA la belleza y fuerza de tu mitad femenina.
Lo ratifico, porque recuerdo el post que dedicaste a tu madre. Un abrazo.

Conchita dijo...

Era muy fácil haber caído en la compasión hacia Doris o en la autocompasión. Ya sé que ese no es tu caso.
Admirable como afrontaron los hechos. Una lección de vida para todos. Para que sepamos que aun cuando parece que todo está perdido, queda una última cuerda.
Gracias por compartir con nosotros este homenaje.

JJ dijo...

Je, je, emejota. Menos mal que no tengo ningún problema. Verás, yo reivindico el mundo de los sentimientos también para los hombres y en mi caso, sólo es la vuelta a los valores que llevaba en mi niñez, que aspiraba a un mundo mejor y a actuar en esa dirección. Con los años te endureces, te llenas de callos y llegas a renunciar a las cosas en las que crees hasta que ocurren cosas en tu vida que te llevan a reencontrarte con tus verdaderos valores. Mi retorno había comenzado ya antes con otra dura prueba, que en el fondo creo que, visto con perspectiva, no fue sino una preparación para esta gran prueba. Este verano me he leído, entre algunos otros libros, "El principito se ha puesto corbata" (si mal no recuerdo y en él se habla de cosas similares.
Gracias por tus palabras y un abrazo.

Conchita, me vas conociendo bien, no era mi caso ni el de ella. En eso nos parecíamos bastante, aunque con maneras de ser algo distintas. Nos crecemos antes los problemas, como cualquier ser humano que se ponga en la situación y el momento adecuado. Resulta paradójico o puede resultarlo, que tuvimos muy gratas vivencias en esos momentos.

Recibe un fuerte abrazo